Reportajes

GILENA RECREARÁ LA VIDA DE UN CAMPAMENTO ROMANO EN LA BATALLA DE MUNDA, LIBRADA EN SUS INMEDIACIONES HACE 2.050 AÑOS

Texto: Remedios Camero / Fotos: Colección Museográfica de Gilena

“En el año 45 a.C., las legiones de Julio César procedentes de la Galia (Francia) se dirigieron a los campos de Munda para poner fin a la guerra civil entre pompeyanos y cesarianos. El general Tito Labieno, al mando de trece legiones fieles a la causa pompeyana, procedió al aislamiento obligatorio de la población íbera local para reforzar sus ejércitos. Numerosos guerreros íberos, ajenos a los intereses políticos de la República de Roma, desertaron de las legiones para defender a sus familias de los fatídicos acontecimientos que se avecinaban. Descubrimientos arqueológicos han revelado dichos hechos históricos.”

Así comienza el vídeo promocional de 12 minutos creado por el proyecto de “Recreación Histórica” que la Colección Museográfica de Gilena –perteneciente al Ayuntamiento gilenense- viene desarrollando desde hace unos meses y que puede verse en www.youtube.com (indicando “museo Gilena”), en el que se recrea este episodio de la historia entre íberos y romanos que se desarrolló en tierras de nuestra comarca. Un “macroproyecto”, como lo define David Ruiz García, conservador de museos y arqueólogo municipal de la Colección Museográfica gilenense, que lo califica de “no muy costoso, muy sostenible, y con unos resultados pedagógicos y de atracción turística ya conseguidos en Escocia, Inglaterra, Suecia o Dinamarca.”

La Recreación Histórica es un proyecto que se divide en varias fases, como explica Ruiz. La primera de ellas ha consistido en “la búsqueda de voluntariado hasta final de junio del presente año”, la cual “se superó con creces”, hasta el punto de que la elevada demanda detectada ha obligado al Museo de Gilena a mantener la inscripción abierta a nuevos voluntarios. De momento, más de 260 vecinos de Gilena se han inscrito en esta actividad porque desean dar vida tanto a los pobladores íberos que entonces se vieron atosigados por los enviados del Imperio Romano como a los legionarios que servían en las legiones romanas que se asentaron en la zona con motivo de la Batalla de Munda.

El fin que persigue este proyecto, en palabras del conservador del Museo, es poner en valor parte del patrimonio intangible de Gilena como puede ser precisamente la mencionada batalla, una contienda que se desarrolló en un lugar aún no determinado con total exactitud por los historiadores pero que posiblemente atañó a tierras gilenenses, pues “fue una batalla de grandes proporciones que tuvo lugar en las provincias de Córdoba y Sevilla y, por supuesto en Gilena, al poseer dos oppida ibéricas o poblados fortificados íberos y una ciudad romana, por lo que hay una gran probabilidad de que aquí también ocurriera”, explica David Ruiz.

Ruiz señala que “en España no se suele poner en valor el patrimonio intangible, especialmente el correspondiente a las batallas, posiblemente porque la Guerra Civil está aún muy reciente. Sin embargo, esto no ocurre en los países anglosajones o escandinavos, donde saben poner en valor sus restos arqueológicos mediante el uso de acontecimientos históricos pasados, contándolo todo de forma pedagógica y obteniendo índices de visitantes muy elevados. Nosotros hemos escogido esta línea.”

La principal actividad que está preparando la Colección Museográfica de Gilena en este sentido es la recreación del campamento de la Legio I Vernacula de Tito Labieno en lo que se llamará CASTRVM MVNDAE (campamento de Munda), una actividad con la que dar a conocer el legado de Gilena y donde desarrollar actividades de arqueología experimental y que esperan poder comenzar a mostrar al público local y a los turistas en diciembre de este mismo año.

El proyecto de Recreación Histórica contempla la puesta en marcha de actividades hasta mayo de 2012. En la actualidad, David Ruiz explica que el Museo está “desarrollando estudios de equipamiento romano para desarrollarlo y crearlo bajo directrices científicas”, al tiempo que responsables y voluntarios del proyecto están “trabajando en el desarrollo del castrum para diciembre con una mega-actividad de difusión.”

El conservador del Museo de Gilena agrega asimismo que se trata de “un proyecto que posee una continuidad ilimitada en el tiempo”, por lo que se pueden ir añadiendo iniciativas poco a poco. Además del programa de voluntariado que ya ha comenzado, el proyecto de “Recreación Histórica” incluye actividades de promoción turística y cultural del municipio, talleres didácticos de arqueología experimental o viajes promocionales entre otras, algunas de las cuales ya se están realizando mientras que otras se comenzarán en breve.

En cuanto a la gestión del proyecto, David Ruiz explica que tanto ésta como su dirección y desarrollo corresponden a la Colección Museográfica de Gilena y su Servicio Municipal de Arqueología, “siguiendo las pautas de las últimas novedades en arqueología militar antigua y de la Bellum Hispaniense Guerra de Hispania de Julio César. De esta forma, a partir de las fuentes escritas que han llegado hasta nosotros, de los resultados de los más recientes descubrimientos arqueológicos, de los restos aparecidos en nuestra localidad, como glandes con inscripciones de Cneo Pompeyo, Tajo de Pompeyo, o armas íberas y romanas del siglo I a.C. conservadas en nuestra colección permanente, reconstruiremos dichos acontecimientos históricos.”

La Batalla de Munda

La Batalla de Munda es definida por el arqueólogo gilenense como “uno de los acontecimientos históricos más importantes de la antigüedad, al poner fin a la II Guerra Civil Romana y dar paso a lo que posteriormente daría lugar al Impero de Roma con la figura de Augusto”, una vez asesinado Julio César, que tan sólo sobrevivió un año a esta gran victoria que obtuvo en tierras de la Baetica romana (Bética en español), en el sur de Hispania (Península Ibérica).

La contienda en Munda tuvo lugar el 17 de marzo del año 45 antes de Cristo. Como ya hemos indicado, se trató de la última contienda armada de la II Guerra Civil Romana, librada entre populares (liderados por Julio César) y optimates (liderados tras la muerte de Cneo Pompeyo Magno por sus hijos, Cneo y Sexto). Tras la victoria del ejército de Cayo Julio César -integrado por la temible Legio X Equestris y por soldados del rey Bogud de Mauritania-, el prestigioso militar romano pudo regresar a Roma y ser nombrado dictador.

La batalla se libró en los Llanos de Vanda, y en este punto es donde surge la controversia, pues no está clara la ubicación real de este paraje. Tradicionalmente, se ha defendido que los Llanos estuvieron situados en las cercanías de Montilla (Córdoba), pero otros autores han apuntado a la localidad malagueña de Monda e incluso a las inmediaciones de Ronda. Incluso hay otro escenario que ha sido defendido como el sitio en el que se dio lugar esta batalla: los alrededores del castillo de Aljonoz, antigua fortaleza árabe situada en el término municipal de Herrera, entre ésta y la ciudad de Écija.

Sin embargo, a mediados de los años 80 surgieron algunas voces que situaban el enfrentamiento en las cercanías de la Urso romana, actual Osuna, lo que haría completamente veraz el hecho de que Gilena y sus habitantes se vieran implicados en el reclutamiento de hombres para la lucha romana. También se cuenta que un día antes de la batalla, el 16 de marzo, Julio César habría perseguido a Cneo Pompeyo desde Ucubis (Espejo, Córdoba) llegando hacia el mediodía a Ventippo, la actual Casariche, localidad que se le rindió sin presentar resistencia. Esta teoría reforzaría aún más la ubicación de la Batalla de Munda en el entorno de la Sierra Sur sevillana en general y del municipio gilenense en particular.

En diciembre, pues, Gilena volverá su vista atrás y evocará este capítulo de la Baetica romana que los ojos de otros gilenenses, aquellos que poblaban estas tierras hace unos 2.050 años, vieron en primera persona, invitando a vecinos y foráneos a adentrarse por unos momentos en la vida de un campamento romano y disfrutar de esta parte de su historia que, no por menos conocida, es menos interesante y emocionante.

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Texto: Remedios Camero / Fotografías: Quino Castro

José María Rivero, José María Luque y Félix Blanco son memoria viva de la última época del cine en Estepa, la que protagonizó el Cine Florida y que va de los años 50 hasta casi su cierre, en 2003. Los tres recurrieron a la empresa cinematográfica como un segundo empleo, como un sobresueldo, y como una forma de estar asegurados y procurarse para el futuro una jubilación mejor. Al final, a los tres les quedan los recuerdos de varias décadas ligadas al mundo del celuloide y de cómo éste pasó de ser un negocio floreciente a caer en decadencia con la llegada de la televisión y las nuevas tecnologías.

MEMORIA VIVA DE CINCO DÉCADAS DEL CINE FLORIDA EN ESTEPA

La vida puede ser como una película, o mejor dicho, como trozos de muchas películas: a ratos comedia, a ratos drama, y puede tener acción, amor, lágrimas, risa… Las vidas de tres estepeños como José María Rivero, José María Luque y Félix Blanco tienen de todo eso y más, porque el más joven de ellos, Félix, ya tiene 78 años, y en ocho décadas hay mucho vivido y mucho que contar. Sus vidas, además, tienen en común el cine, ya que los tres trabajaron juntos en el hoy desaparecido Cine Florida, aunque desempeñando tareas diferentes: Rivero era taquillero; Luque, operador, mientras que Félix era acomodador y portero. Desde el año 1953, en que comenzaron Rivero y Luque, hasta el año 1995, en que se jubiló este último, hay mucha cinta que contar y que cortar, aunque de esto último ya se encargaba la censura de la época.

Y es que eran otros tiempos. Los tiempos en los que se ganaban ocho o diez pesetas por función. Los tiempos en los que las películas eran de celuloide, un material inflamable que ardía con facilidad, por lo que el mismo foco del proyector podía prender la cinta si el rollo se detenía un momento. Eran los tiempos también en los que la belleza despampanante de Sofía Loren o Silvana Mangano se veía mermada por las tijeras de la censura franquista, que evitaba que estas italianas imponentes mostraran más piernas de lo que permitía la recta moral de la dictadura.

El público creía que el corte se lo daban aquí, en el Cine Florida, pero Luque explica que no, que la película ya venía cortada de la distribuidora, según establecía el ministerio del ramo en un documento donde se indicaban las escenas que estaban censuradas y que se adjuntaba con la película. “Anda que no me han chiflado a mí veces creyendo que la película la cortaba yo”, se ríe ahora José María Luque al recordar aquellos tiempos en los que la gente mostraba su enfado con la censura cortando con sus navajillas la enea de las pobres sillas que de nada tenían culpa.

Eran también tiempos en los que a veces se iba la luz y la gente se enfadaba mucho, porque había que esperar para reanudar la sesión. “Yo le temía a eso”, sonríe Félix Blanco al recordar el cabreo de la gente o cómo se tenía que acercar con su linterna a llamar la atención de los que fumaban, pues estaba prohibido.

Los recuerdos de nuestros tres protagonistas van dando forma a más de cuarenta años de Cine Florida en Estepa. José María Rivero, por ejemplo, tiene hoy 86 años y una gran memoria, que trae a su mente muchos momentos de los 27 años en los que trabajó en él, de 1953 a 1980. Recuerda que la primera película que se proyectó cuando el cine era de verano fue Quema el suelo (1952), de Luis Marquina, y Calabuch (1956), de García Berlanga, en el caso del cine de invierno, que comenzó su andadura en la primavera de 1957, según recuerda José María Luque, con la celebración del pregón de la Semana Santa de Estepa de ese año.

Rivero explica que detrás de la parte delantera del cine, que era un molino, había un patio donde se situaba la pantalla del cine de verano. Ese molino se techó unos años después y así nació el cine de invierno. En el trozo de patio que quedó se volvió a montar el de verano pero ya sólo duró un año más, cuenta Rivero, que trabajaba por las mañanas en los albañiles.

Recuerda que en invierno se daban tres funciones en los domingos y festivos: a las cuatro de la tarde la infantil, y a las ocho y diez de la noche las de adultos. Entre semana sólo había dos funciones, que con los años se redujo a una, la de las 8 de la tarde, pese a que, según José María Luque, la gente prefería la de las diez de la noche. Proyectar una película cinco o seis días era lo normal si era buena, y recuerda Rivero que “con cualquiera dábamos lleno en varios pases” y que para aprovecharla mejor, al final la pasaban en lo que se llamaba “fémina”, es decir, lo que hoy conocemos como “día de la pareja”, donde la mujer podía entrar sin pagar.

José María Rivero cuenta también que cuando él empezó en el cine de verano, la entrada costaba una peseta en el aforo “general” –compuesto de sillas de enea-, y dos pesetas en la zona de butacas, formada por bancas largas más cómodas y que se situaban detrás de las sillas. El aforo del cine era de unas 700 plazas, y entre sus tareas estaba la de retirar a diario las butacas al terminar la función, las cuales tenían que volver a colocar al día siguiente. La división del aforo en dos partes hacía que hubiera dos taquillas, una para cada zona, así como dos ambigúes, que traen a la memoria de Rivero a Rafael Gómez, un vendedor ambulante de pipas al que califica como “un hombre muy formal, porque entraba en las funciones pagando las tres entradas si era domingo” para poder vender su mercancía.

Francisco Peña, José Martínez –su primer jefe-, Antonio Torres, dos muchachos a los que llamaban “los boleros” (encargados de llevar y recoger en Casa Filomena las películas que venían en un camión desde Sevilla), Joaquín Borrego, Rafael Osuna, Francisco Casado, Vargas “el de la luz”, José Jurado, “el mellizo Pelayo”, Paco “el de la oveja”, Fernando Fernández, un hermano de Félix Blanco, Antonio Fuentes o “el muchacho de Aguadulce casado con Carmelilla” que se hizo cargo del ambigú de la “general”…. todos son nombres propios con los que se escribe la historia del Cine Florida y que permanecen en la memoria de Rivero.

El cine pasó de las manos de Martínez Llamas a la familia Cañete Llamas, que a su vez se lo vendió a una sociedad formada por ocho socios, Cinestepa, que también explotaba el Cine Esperanza de la calle Santa Ana. Su último dueño fue Miguel Luna, que lo tuvo de febrero de 1979 hasta junio de 2003, fecha en que cerró debido a su inviabilidad. El primer largometraje que proyectó la familia Luna fue El perro (1977), de Antonio Isasi, y el último, la película de dibujos animados El Libro de la Selva (1967).

En los años cincuenta y sesenta las películas que más gustaban eran las españolas, las de Juanita Reina, Lola Flores, Concha Piquer, Currito de la Cruz o Antonio Molina. Y si la película o el espectáculo eran buenos –el cine era también teatro y dos o tres veces al año venían a Estepa artistas destacados como Juanito Valderrama- se vendían todas las entradas y el éxito estaba asegurado. José María Luque recuerda, por ejemplo, cómo se llenó el cine con El pequeño ruiseñor, de Joselito, o con Pena, penita, pena, de Lola Flores, así como con dramas como El derecho de nacer o Arroz amargo, en la que las mujeres entraban en pandilla. Con los años los gustos, como la sociedad, fueron cambiando, y las películas de Kung-Fu, por ejemplo, atraían a mucho público joven.

En este sentido, Luque recuerda que las películas más exitosas venían “acompañadas” de un controlador, esto es, un señor que entraba en la sala y que controlaba cuántas entradas se vendían. También “hubo un tiempo en que había un cupo de películas españolas que era necesario proyectar para poder poner las americanas”, si bien a veces las españolas se pagaban pero no se proyectaban porque no gustaban al público. De su última época recuerda el éxito de El Rey León, de Walt Disney, que se proyectó cinco veces en un día.

José María Luque trabajó en el cine de 1953 a 1995, y cuando comenzó ya tenía su carné de Oficial, porque la proyección de la cinta, debido a su facilidad para arder a causa de su material, hacía que el operador de cine tuviera que estar autorizado. A él sólo se le quemó algún fotograma, que recuperaba de manera que el público no se daba cuenta, pero conoce otros cines en los que la película salió ardiendo. “He solucionado todos los problemas que se me presentaron, que en 40 años ya está bien”, afirma orgulloso de su trabajo. No obstante, éste no era su principal empleo porque “el cine no daba para comer”, y menos siendo 11 de familia, así que él trabajó en los mantecados, en oficinas y en el despacho que la RENFE tuvo en Estepa.

Luque también proyectó películas en el cine de verano de la plaza de abastos, llamado Cine Andalucía primero y luego, Cine GonPel, de González Pelayo. También trabajó en los cines de Casariche, Osuna, Gilena o Aguadulce, adonde se desplazaba en bicicleta, por lo que volvía a Estepa a las tres de la mañana. Refiere que entonces había mucha competencia entre los cines, pues era su época de esplendor, ya que había pocos divertimentos más para la sociedad. Sin embargo, llegó la televisión y se acabó esta época dorada, según coinciden los tres en afirmar.

El trabajo de operador consistía en cambiar los rollos de película, estar pendiente de cómo se iba proyectando en la pantalla, de que el foco no quemara la cinta, de que los arcos voltaicos o “carbones” iluminaran correctamente… Explica que una película normal solía tener tres rollos, unos 2.500 metros de cinta, con excepciones como Lo que el viento se llevó o El mayor espectáculo del mundo, que tenían más de cuatro mil metros. Trabajaba con dos máquinas, y el cambio de una a otra se notaba un poco en la luminosidad, pero poco más. Más adelante, se suprimió una de las máquinas y se compraron unas bobinas que cargaban hasta cinco mil metros, lo que cubría la película entera, si bien había que seguir cambiando los “carbones”.

El tercer protagonista de este repaso de la última época del cine en Estepa es Félix Blanco, que comenzó su relación con el Cine Florida cuando éste ya pertenecía a la empresa Cinestepa, en 1963, y trabajó en él hasta el año 81. Empezó de taquillero y también trabajaba de portero, pero su principal tarea era la de acomodador. Cuando empezaba la proyección, apagaba la luz de la sala pulsando un botón, pero cuenta que siempre había gente que llegaba tarde y entonces él les acompañaba hasta su asiento iluminando el camino con su linterna.

A diferencia de sus compañeros, sólo trabajó en el cine de invierno, y como no se podía mover de la sala, podía ver las películas. Recuerda que gustaban mucho las de acción o los dramas, y que “con películas del oeste o de Bruce Lee había días que teníamos llenazo, pero el nivel de personal empezó a bajar a partir del auge de la televisión.”

Félix tuvo una zapatería y durante 44 años fue cobrador de distintas empresas. Su puesto en el cine hacía que trabajara de lunes a domingo, día en el que llevaba a sus dos hijos a ver películas a la sesión infantil. Cuenta que entre las dos funciones para adultos se turnaba con otro compañero para salir a comer, aunque algunas veces cenaba en el mismo ambigú del cine. También recuerda la comida que la empresa les daba por Navidad, porque eran como una gran familia.

Entre sus funciones estaba también la de colocar frente al Ayuntamiento la cartelera, ya hiciera frío, viento o lluvia, porque con un día de antelación la película tenía que ser anunciada al público. “Colgábamos el afiche (cartel), las fotos, el título, el horario…”. Curiosamente, una vez dejó el Cine Florida, con 50 años, Félix sólo volvió a él como espectador una vez, al igual que Rivero, que recuerda haber vuelto al cine a escuchar algún pregón o a ver alguna actuación, pero no a ver una película. Pero ya se sabe lo que pasa con estas cosas, y tal vez tantos años trabajando dentro del cine y viendo películas saciaron la curiosidad que ambos podían sentir como espectadores del séptimo arte para el resto de su vida.

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Estrenamos nuestra nueva sección Reportajes con la apasionante historia de Francisco Reina, un estepeño que vivió con 10 años el éxodo masivo de civiles huyendo de Málaga a Almería por la carretera de la costa y que recorrió a pie y solo, perdido de su familia, los 200 kilómetros que separan ambas capitales.

FRANCISCO REINA, UN NIÑO ESTEPEÑO EN LAS TRINCHERAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Texto: Remedios Camero / Fotografías: Quino Castro

El pasado 18 de julio se cumplieron 75 años del estallido de la Guerra Civil española, un triste capítulo de nuestra historia reciente que afectó a toda España y, por supuesto, a Estepa. Francisco Reina Aguilar, nuestro protagonista, tenía entonces 10 años. Aquellos momentos de angustia e incertidumbre quedaron grabados para siempre en su memoria porque hoy, a sus 85 años, recuerda perfectamente aquellos tres años de contienda durante los cuales él recorrió medio sur de España y vivió incluso en las trincheras del frente por la zona de Marmolejo junto a su padre pero, sobre todo, recuerda los ocho días que estuvo perdido de su familia, solo, en los que llegó andando de Málaga a Almería, casi sin dejar de llorar, entre miles de personas que huían del avance de las tropas nacionales.

Cuando estalló la guerra, la familia de Francisco se desplazó a Málaga temiendo una pronta llegada de los nacionales a Estepa. Su padre, Vicente Reina, trabajaba en un Ayuntamiento que entonces era republicano, y su madre, Brígida Aguilar, era costurera y cosía camisas para “los rojos”, por lo que la familia, ante posibles represalias, decidió marcharse hacia zona republicana sin un destino cierto, sin trabajo, sólo con lo puesto. Por aquel entonces curiosamente, Francisco no era Francisco sino Vicente, que fue el nombre con el que lo bautizaron sus padres, pero un error en su inscripción hizo que durante muchos años figurara con dos nombres diferentes en la iglesia y en el registro civil, por lo que ya de adulto optó por quedarse con el nombre de Francisco, que es como todo el mundo lo conocía.

Francisco podría ser hoy uno de esos “niños de Rusia” que fueron enviados en barco por sus padres republicanos hasta aquel país huyendo de la guerra, porque había barcos cargando a estos niños en el puerto de Málaga, pero reconoce que no subió a ninguno porque le dio miedo. Cuenta que en Málaga vivían en el sótano de la fábrica de tabacos y que había gente por todas partes. Mucha gente en los refugios, en las calles, en las carreteras. Efectivamente, aquellos momentos de zozobra están documentados. Se trata de la batalla por la toma de Málaga, que comenzó el 17 de enero de 1937 y duró hasta el 8 de febrero, momento en que el Cuerpo Expedicionario Italiano al mando de las tropas franquistas consigue hacerse con la capital malagueña.

En la ciudad cundió el pánico ante la llegada de los nacionales, por lo que las tropas republicanas y miles de civiles protagonizaron una huida en masa hacia Almería por la carretera de la costa, una vía que no había sido cortada pero que estaba a merced de los bombardeos franquistas desde tierra, mar y aire, según relatan algunas fuentes. Se calcula que durante los varios días que duró este éxodo, más de cien mil personas pudieron desplazarse hasta la zona roja, y se sabe que durante el duro trayecto fueron duramente hostigados por la artillería de los buques nacionales Almirante Cervera, Baleares y Canarias, así como por la fuerza aérea franquista. Las mismas fuentes apuntan que varios miles de civiles murieron en este penoso capítulo que ha pasado a los anales de la historia como “la masacre de la carretera Málaga-Almería”.

De todo ello tiene perfecta memoria Francisco Reina. Recuerda como si fuera ayer el bombardeo de la aviación contra puentes e incluso alcantarillas para cortar cualquier vía de escape y a la gente corriendo para ponerse a cubierto, así como a los barcos lanzando proyectiles desde la costa hacia la sierra de Málaga. En ese revuelo, en ese pánico, en esa huida de gente hacia todas partes y hacia ninguna, Francisco se perdió de sus padres, y al no saber qué hacer siguió andando, como hicieron miles de personas, hacia Almería, adonde llegó unos ocho días después tras recorrer a pie los 200 kilómetros que separan ambas capitales, en un viaje que, tal y como describe, hizo prácticamente llorando y contando a unos y otros que se había perdido, sin que nadie pudiera darle norte de dónde estaban sus padres y sin que nadie quisiera hacerse cargo de él, lo cual era casi lógico en aquellas circunstancias.

Francisco confiesa que en aquellos inolvidables ocho días pensó alguna vez que no volvería a ver más a sus padres, y cuenta también que supo años después que al caer la noche, su madre lo llamaba a voces pero la gente la mandaba callar porque nadie quería llamar la atención, ya que había mucho miedo. El ejército nacional cortó la carretera y su madre y hermanos quedaron del lado fascista, por lo que volvieron a Estepa cuando pudieron. Su padre, en cambio, logró continuar hacia Almería también, aunque Francisco no lo sabía, y ambos llegaron a la capital almeriense con un día de diferencia.

Pero hasta que se produjo el reencuentro, Francisco anduvo y anduvo, y recuerda que la gente le decía que siguiera andando, que seguro que encontraría a su familia más adelante. Comió esos ocho días de la caridad de la gente y de un cañaduz que llevaba consigo, y durmió bajo el techo de cualquier cortijo que encontró por el camino liado en su única pertenencia: una manta. Lo que más claro recuerda es que la carretera iba llena de gente y que, a pesar de estar solo, no lo estuvo nunca en realidad porque había miles de personas. Por el camino encontró incluso a su padrino, al que también contó que se había perdido, pero recuerda con cierta pena que tampoco éste lo recogió porque “cada uno llevaba su historia”.

Por suerte, al segundo día de llegar Francisco vio gente de Estepa y se arrimó a ellos, los cuales dieron también con Vicente, su padre, y los pusieron por fin en contacto. Desde entonces, febrero de 1937, y hasta que acabó la guerra en abril del 39, Francisco estuvo con su padre en Almería, Marmolejo (Jaén) y Murcia, la capital de provincia que más resistió al ataque nacional y que fue republicana hasta el 31 de marzo de 1939, un día antes de que Franco diera por finalizada la contienda. Jaén y Almería cayeron sólo dos días antes, el 29 de marzo.

Su madre, mientras tanto, regresó a Estepa y se encontró su casa ocupada por otras personas, por lo que tuvo que irse a vivir con sus padres. Así fue durante un tiempo, hasta que Brígida decidió que volvía a su casa, que para eso era suya, estuviera ocupada o no. Finalmente, después de un tiempo conviviendo todos juntos, propios y extraños, la familia ocupante se hartó y se marchó y su legítima dueña pudo recuperar su hogar.

Por su parte, Vicente fue llamado a filas en el bando republicano, en el que sirvió de soldado. Estuvieron mucho tiempo en Marmolejo, en un “frente tranquilo, en el que no había tiros” por tratarse de una retaguardia. Pasaba el día en las trincheras, con su padre y los demás soldados, y sobra decir que allí era el único niño que había. Por eso mismo, recuerda con una sonrisa, “cuando repartían el rancho yo era el primero que comía.”

Su padre le propuso en broma por aquellos días que si se quería volver a Estepa le hacía una bandera blanca atada a un palo para que él cruzara el campo en son de paz por si lo veía el enemigo, pero él, aunque estaba deseando volver a su pueblo, dijo que no porque temía que el enemigo no tuviera en cuenta ni su edad ni su bandera. De Marmolejo también recuerda una noche en que se metieron a dormir en un cortijo viejo y se cayó el techo de un apartamento donde dormían unos pocos, provocando aquel accidente la muerte de un soldado amigo de su padre y que también era de Estepa, y al que enterraron en la vecina Andújar. 

Pasados dos años del comienzo de la guerra, en 1938, su padre pudo por fin escribir una carta a su madre a través de la Cruz Roja, de manera que Brígida supo al fin que su marido y su hijo estaban vivos y juntos, ya que no había tenido noticias de ellos desde la estampida de Málaga. Por aquellas fechas también licenciaron a su padre, que ya librado del ejército marchó con el hijo a Murcia, aún republicana, donde permanecieron hasta que acabó la lucha. Allí, su padre se dedicó a la venta de productos que compraba en la huerta murciana mientras que él, ya con 12 años, hacía recados y ayudaba a la señora de la familia que los acogió desinteresadamente en su casa, una carnicera a la que llamaban Lola “la mondonguera” porque vendía “los mondongos del cerdo”, es decir, los intestinos y otras vísceras.

Dolores Díaz Ayala y Antonio Martínez González eran los nombres de las dos personas que, generosamente, acogieron a nuestros dos protagonistas en su casa y para los que Francisco sólo tiene palabras de agradecimiento. Recuerda que la primera noche que llegaron a aquel lugar durmieron en el jardín, y al día siguiente, cuando su padre le pidió a la señora dejar allí sus cosas durante el día, ella se compadeció de ambos y les abrió las puertas de su casa. El marido también era soldado, y cuenta Francisco que en la huida de un ataque vino a esconderse en su propia casa, donde permaneció oculto durante el resto de la guerra. Es más, tenía una soga dentro de la chimenea y cuando llegaba gente extraña a la casa, el desertor se colgaba de la soga y trepaba chimenea arriba, quedando oculto dentro mientras duraba la visita.

Una vez finalizó la guerra, volvieron a Estepa en tren hasta La Roda de Andalucía. Su padre no tuvo miedo de volver, nos cuenta, pero lo cierto es que nada más llegar lo metieron preso un tiempo. Él, que ya era un muchacho, escuchaba a los chavales murmurar “ése es el rojillo, el que estaba perdido” cuando lo veían pasar. Pero poco a poco las aguas fueron volviendo a su cauce, su padre salió de prisión y aunque nunca volvió a trabajar en el Ayuntamiento, se ganó la vida junto a su madre con un puesto en la plaza de abastos de Estepa. Vicente y Brígida tuvieron dos hijos más, y la normalidad comenzó a recuperarse poco a poco.

Nuestro protagonista empezó a trabajar con 13 años y siempre ha sido albañil. Se casó en 1956 con Asunción, la que fue su mujer durante más de 50 años, y con la que tuvo tres hijos: Francisco, Manolo y Asunción. También vivió temporadas en Barcelona trabajando en la construcción. Hoy tiene siete nietos, de los que habla orgulloso, y conserva una memoria excelente que le hace recordar aquellos duros momentos de su adolescencia que para sus nietos son como el guión de una película.

No obstante y pese a todo, su familia tuvo suerte porque ningún miembro murió en ningún ataque ni quedaron desperdigados para siempre, sino que pudieron volver a reunirse y emprender el resto de la vida juntos. Setenta y cinco años después de aquello, Francisco tiene muy claro que “España no vivirá más una guerra así” pero, por si acaso, recuerda a todo el que la quiere escuchar su historia, la historia de un niño de 10 años que anduvo solo hasta Almería, mezclado entre miles de personas que huían hacia ninguna parte, y que vivió más de un año en las trincheras de una guerra en vez de haber estado jugando, como le correspondía a su edad, con sus hermanos y sus amigos en las calles de la Estepa de finales de los años treinta.