Francisco Reina: un niño estepeño en las trincheras de la Guerra Civil

Texto: Remedios Camero / Fotografías: Quino Castro

El pasado 18 de julio se cumplieron 75 años del estallido de la Guerra Civil española, un triste capítulo de nuestra historia reciente que afectó a toda España y, por supuesto, a Estepa. Francisco Reina Aguilar, nuestro protagonista, tenía entonces 10 años. Aquellos momentos de angustia e incertidumbre quedaron grabados para siempre en su memoria porque hoy, a sus 85 años, recuerda perfectamente aquellos tres años de contienda durante los cuales él recorrió medio sur de España y vivió incluso en las trincheras del frente por la zona de Marmolejo junto a su padre pero, sobre todo, recuerda los ocho días que estuvo perdido de su familia, solo, en los que llegó andando de Málaga a Almería, casi sin dejar de llorar, entre miles de personas que huían del avance de las tropas nacionales.

Cuando estalló la guerra, la familia de Francisco se desplazó a Málaga temiendo una pronta llegada de los nacionales a Estepa. Su padre, Vicente Reina, trabajaba en un Ayuntamiento que entonces era republicano, y su madre, Brígida Aguilar, era costurera y cosía camisas para “los rojos”, por lo que la familia, ante posibles represalias, decidió marcharse hacia zona republicana sin un destino cierto, sin trabajo, sólo con lo puesto. Por aquel entonces curiosamente, Francisco no era Francisco sino Vicente, que fue el nombre con el que lo bautizaron sus padres, pero un error en su inscripción hizo que durante muchos años figurara con dos nombres diferentes en la iglesia y en el registro civil, por lo que ya de adulto optó por quedarse con el nombre de Francisco, que es como todo el mundo lo conocía.

Francisco podría ser hoy uno de esos “niños de Rusia” que fueron enviados en barco por sus padres republicanos hasta aquel país huyendo de la guerra, porque había barcos cargando a estos niños en el puerto de Málaga, pero reconoce que no subió a ninguno porque le dio miedo. Cuenta que en Málaga vivían en el sótano de la fábrica de tabacos y que había gente por todas partes. Mucha gente en los refugios, en las calles, en las carreteras. Efectivamente, aquellos momentos de zozobra están documentados. Se trata de la batalla por la toma de Málaga, que comenzó el 17 de enero de 1937 y duró hasta el 8 de febrero, momento en que el Cuerpo Expedicionario Italiano al mando de las tropas franquistas consigue hacerse con la capital malagueña.

En la ciudad cundió el pánico ante la llegada de los nacionales, por lo que las tropas republicanas y miles de civiles protagonizaron una huida en masa hacia Almería por la carretera de la costa, una vía que no había sido cortada pero que estaba a merced de los bombardeos franquistas desde tierra, mar y aire, según relatan algunas fuentes. Se calcula que durante los varios días que duró este éxodo, más de cien mil personas pudieron desplazarse hasta la zona roja, y se sabe que durante el duro trayecto fueron duramente hostigados por la artillería de los buques nacionales Almirante Cervera, Baleares y Canarias, así como por la fuerza aérea franquista. Las mismas fuentes apuntan que varios miles de civiles murieron en este penoso capítulo que ha pasado a los anales de la historia como “la masacre de la carretera Málaga-Almería”.

De todo ello tiene perfecta memoria Francisco Reina. Recuerda como si fuera ayer el bombardeo de la aviación contra puentes e incluso alcantarillas para cortar cualquier vía de escape y a la gente corriendo para ponerse a cubierto, así como a los barcos lanzando proyectiles desde la costa hacia la sierra de Málaga. En ese revuelo, en ese pánico, en esa huida de gente hacia todas partes y hacia ninguna, Francisco se perdió de sus padres, y al no saber qué hacer siguió andando, como hicieron miles de personas, hacia Almería, adonde llegó unos ocho días después tras recorrer a pie los 200 kilómetros que separan ambas capitales, en un viaje que, tal y como describe, hizo prácticamente llorando y contando a unos y otros que se había perdido, sin que nadie pudiera darle norte de dónde estaban sus padres y sin que nadie quisiera hacerse cargo de él, lo cual era casi lógico en aquellas circunstancias.

Francisco confiesa que en aquellos inolvidables ocho días pensó alguna vez que no volvería a ver más a sus padres, y cuenta también que supo años después que al caer la noche, su madre lo llamaba a voces pero la gente la mandaba callar porque nadie quería llamar la atención, ya que había mucho miedo. El ejército nacional cortó la carretera y su madre y hermanos quedaron del lado fascista, por lo que volvieron a Estepa cuando pudieron. Su padre, en cambio, logró continuar hacia Almería también, aunque Francisco no lo sabía, y ambos llegaron a la capital almeriense con un día de diferencia.

Pero hasta que se produjo el reencuentro, Francisco anduvo y anduvo, y recuerda que la gente le decía que siguiera andando, que seguro que encontraría a su familia más adelante. Comió esos ocho días de la caridad de la gente y de un cañaduz que llevaba consigo, y durmió bajo el techo de cualquier cortijo que encontró por el camino liado en su única pertenencia: una manta. Lo que más claro recuerda es que la carretera iba llena de gente y que, a pesar de estar solo, no lo estuvo nunca en realidad porque había miles de personas. Por el camino encontró incluso a su padrino, al que también contó que se había perdido, pero recuerda con cierta pena que tampoco éste lo recogió porque “cada uno llevaba su historia”.

Por suerte, al segundo día de llegar Francisco vio gente de Estepa y se arrimó a ellos, los cuales dieron también con Vicente, su padre, y los pusieron por fin en contacto. Desde entonces, febrero de 1937, y hasta que acabó la guerra en abril del 39, Francisco estuvo con su padre en Almería, Marmolejo (Jaén) y Murcia, la capital de provincia que más resistió al ataque nacional y que fue republicana hasta el 31 de marzo de 1939, un día antes de que Franco diera por finalizada la contienda. Jaén y Almería cayeron sólo dos días antes, el 29 de marzo.

Su madre, mientras tanto, regresó a Estepa y se encontró su casa ocupada por otras personas, por lo que tuvo que irse a vivir con sus padres. Así fue durante un tiempo, hasta que Brígida decidió que volvía a su casa, que para eso era suya, estuviera ocupada o no. Finalmente, después de un tiempo conviviendo todos juntos, propios y extraños, la familia ocupante se hartó y se marchó y su legítima dueña pudo recuperar su hogar.

Por su parte, Vicente fue llamado a filas en el bando republicano, en el que sirvió de soldado. Estuvieron mucho tiempo en Marmolejo, en un “frente tranquilo, en el que no había tiros” por tratarse de una retaguardia. Pasaba el día en las trincheras, con su padre y los demás soldados, y sobra decir que allí era el único niño que había. Por eso mismo, recuerda con una sonrisa, “cuando repartían el rancho yo era el primero que comía.”

Su padre le propuso en broma por aquellos días que si se quería volver a Estepa le hacía una bandera blanca atada a un palo para que él cruzara el campo en son de paz por si lo veía el enemigo, pero él, aunque estaba deseando volver a su pueblo, dijo que no porque temía que el enemigo no tuviera en cuenta ni su edad ni su bandera. De Marmolejo también recuerda una noche en que se metieron a dormir en un cortijo viejo y se cayó el techo de un apartamento donde dormían unos pocos, provocando aquel accidente la muerte de un soldado amigo de su padre y que también era de Estepa, y al que enterraron en la vecina Andújar.

Pasados dos años del comienzo de la guerra, en 1938, su padre pudo por fin escribir una carta a su madre a través de la Cruz Roja, de manera que Brígida supo al fin que su marido y su hijo estaban vivos y juntos, ya que no había tenido noticias de ellos desde la estampida de Málaga. Por aquellas fechas también licenciaron a su padre, que ya librado del ejército marchó con el hijo a Murcia, aún republicana, donde permanecieron hasta que acabó la lucha. Allí, su padre se dedicó a la venta de productos que compraba en la huerta murciana mientras que él, ya con 12 años, hacía recados y ayudaba a la señora de la familia que los acogió desinteresadamente en su casa, una carnicera a la que llamaban Lola “la mondonguera” porque vendía “los mondongos del cerdo”, es decir, los intestinos y otras vísceras.

Dolores Díaz Ayala y Antonio Martínez González eran los nombres de las dos personas que, generosamente, acogieron a nuestros dos protagonistas en su casa y para los que Francisco sólo tiene palabras de agradecimiento. Recuerda que la primera noche que llegaron a aquel lugar durmieron en el jardín, y al día siguiente, cuando su padre le pidió a la señora dejar allí sus cosas durante el día, ella se compadeció de ambos y les abrió las puertas de su casa. El marido también era soldado, y cuenta Francisco que en la huida de un ataque vino a esconderse en su propia casa, donde permaneció oculto durante el resto de la guerra. Es más, tenía una soga dentro de la chimenea y cuando llegaba gente extraña a la casa, el desertor se colgaba de la soga y trepaba chimenea arriba, quedando oculto dentro mientras duraba la visita.

Una vez finalizó la guerra, volvieron a Estepa en tren hasta La Roda de Andalucía. Su padre no tuvo miedo de volver, nos cuenta, pero lo cierto es que nada más llegar lo metieron preso un tiempo. Él, que ya era un muchacho, escuchaba a los chavales murmurar “ése es el rojillo, el que estaba perdido” cuando lo veían pasar. Pero poco a poco las aguas fueron volviendo a su cauce, su padre salió de prisión y aunque nunca volvió a trabajar en el Ayuntamiento, se ganó la vida junto a su madre con un puesto en la plaza de abastos de Estepa. Vicente y Brígida tuvieron dos hijos más, y la normalidad comenzó a recuperarse poco a poco.

Nuestro protagonista empezó a trabajar con 13 años y siempre ha sido albañil. Se casó en 1956 con Asunción, la que fue su mujer durante más de 50 años, y con la que tuvo tres hijos: Francisco, Manolo y Asunción. También vivió temporadas en Barcelona trabajando en la construcción. Hoy tiene siete nietos, de los que habla orgulloso, y conserva una memoria excelente que le hace recordar aquellos duros momentos de su adolescencia que para sus nietos son como el guión de una película.

No obstante y pese a todo, su familia tuvo suerte porque ningún miembro murió en ningún ataque ni quedaron desperdigados para siempre, sino que pudieron volver a reunirse y emprender el resto de la vida juntos. Setenta y cinco años después de aquello, Francisco tiene muy claro que “España no vivirá más una guerra así” pero, por si acaso, recuerda a todo el que la quiere escuchar su historia, la historia de un niño de 10 años que anduvo solo hasta Almería, mezclado entre miles de personas que huían hacia ninguna parte, y que vivió más de un año en las trincheras de una guerra en vez de haber estado jugando, como le correspondía a su edad, con sus hermanos y sus amigos en las calles de la Estepa de finales de los años treinta.

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